Cuando la cultura cansa: Yeguas exhaustas y la violencia silenciosa del capital cultural.


No importa si creciste en un pueblo o en una ciudad, si fuiste la primera generación  universitaria o si siempre sentiste que "te faltaba algo para encajar: la novela activa un eco intimo que habla de cansancio, clase, origen y desarraigo.

Yeguas exhaustas es una novela que combina autobiografía, ensayo social y testimonio generacional. A través de la voz de una narradora se construye la historia de Beatriz, una mujer joven que es profesora de Lengua y a través de su voz reflexiona sobre su familia, sobretodo su relación con su madre- obrera, limpiadora, temporera- y sobre la herencia de clase que determina su vidas cuerpo y su identidad.

El libro recorre temas como la precariedad laboral, el clasismo, el maltrato, la educación universitaria, el acceso a la cultura, la maternidad edad y la culpa femenina. La autora contrapone dos mundos: el del esfuerzo físico (el trabajo manual de las madres) y el del esfuerzo intelectual (la vida académica de las hijas), mostrando que ambos pueden ser igualmente alienantes.

LA UNIVERSIDAD COMO FRONTERA INVISIBLE

En la universidad se hace visible el capital cultural heredado: como hablas, que referencias manejas, que códigos no necesitas que te expliquen. para algunos, estos elementos son un suelo firme. Para otros, son un recordatorio constante de que vienen "de fuera", de que el acceso no implica pertenencia. 

La novela señala ese cansancio acumulado: el de quienes deben aprender el doble, estudiar doble, demostrar doble. No por falta de talento, sino para compensar la ausencia de ese cantal invisible que muchos se les entrega desde la infancia.

LA CULTURA COMO ARMA... Y COMO RESISTENCIA.

Hay un tipo de violencia tan cotidiana que cuesta reconocerla: la que se cuela en lo que escuchamos, leemos o consumimos. Desde pequeños nos enseñan que el gusto no es solo cuestión de placer, sino de posicional. Que cierta musica es "cutre", que ciertos libros "no cuentan", que ciertos acentos y formas de hablar son algo que deberías ir puliendo si quieres "llegar lejos".

Lo ironico es que aquello que alguna vez generaba vergüenza suele ser lo que primero que la clase dominante recupera cuando decide que es estéticamente rentable. Lo kitsch se vuelve "retro". Lo popular se vuelve "alternativo". Lo que antes te ridiculizaba ahora se vende en tiendas caras, esta posicionado en playlist de actualidad...

De pronto, la misma musica por la que antes te juzgaron se vuelve "cool": Pero no porque haya cambiado su valor, sino porque ha cambiado quien la consume.

Ser juzgado por lo que consumes culturalmente es una forma de clasismo que se vive en silencio. No es una agresión directa, pero si una presión constante que moldea identidades. Y el gran problema es que llega a calar tanto que, en algún momento, tu mismo empiezas a sentir vergüenza de lo que te gusta.

Este libro denuncia esa violencia simbólica, pero también abre un espacio para reconocer la dignidad del gusto heredado, de la musica que te acompañó, de los libros que te formaron cuando a nadie le importaban.


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